Hola
La alegría…
¡Oh, esos días amplios y hermosos en los que las mañanas arden!
La tierra ardiente y altiva es aún más sublime
Y la vida despierta tiene un aroma tan intenso
Que todo el ser se embriague y salte de alegría.
Gracias, mis ojos,
Por haber permanecido tan claros, bajo mi frente ya envejecida,
Para ver a lo lejos moverse y vibrar la luz;
Y a ti, mis manos, de estremecerse al sol;
Y ustedes, mis dedos, de dorarse con los frutos bermejos
Colgados a lo largo de la pared, cerca de las malvas.
Gracias, mi cuerpo,
Ser firme, rápido y aún vibrante
Al tacto de los vientos veloces o de las brisas profundas;
¡Oh, esas mañanas de fiesta y de serena belleza!
Rosas cuya rocía adorna los puros rostros,
Aves que vinieron hacia nosotros, como blancos presagios,
¡Jardines de sombra densa o de frágil claridad!
En la hora en que el cálido verano suaviza las avenidas,
Os amo, caminos, por donde ha venido
Aquella que guardaba entre sus manos mi destino;
Os amo, lejanos pantanos y bosques austeros,
Y bajo mis pies, hasta lo más profundo, amo la tierra
Donde descansan mis muertos.
Existo en todo lo que me rodea y me penetra.
Césped espeso, senderos perdidos, setos de hayas,
Agua límpida que ninguna sombra viene a opacar,
Te conviertes en mí mismo al ser mi recuerdo.
Emile Verhaeren, La espléndida multiplicidad
Maryléna